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EL POLLO: BARATO, ALIMENTICIO Y DIGESTIVO. ¿COMO SE PREPARA?


Comer pollo ya no es un lujo. Pollo y pavo han sido los reyes de la cocina festiva en todo el país. Pero han pasado los tiempos de aquellos magníficos pollos cebados con grano que tenían un sabor muy diferente al de los pollos de hoy.

El desarrollo de las técnicas avícolas han dado nu nuevo giro a la producción de aves. Se han introducido sofisticados sistemas de alimentación (a base de piensos compuestos y hormonas), control sanitario para evitar pestes y plagas, ciclos genéticos, que permiten el engorde rápido y una reproducción acelerada.

Con ello ha perdido un poco de prestigio... y bastante sabor. Estamos, pues, ante un hecho que hay que aprovechar bien: si la carne de pollo es barata, nutritiva y agradable (aunque algo insípida por la producción acelerada y masificada) habrá que olvidar viejas tradiciones festivas e incorporar el pollo al menú habitual de la semana. Hay muy distintas formas de preparar estas aves, que van del sencillo guiso para un día cualquiera, a la más elaborada y vistosa receta de gran solemnidad. No se pretende quitar al pollo su puesto de honor en una buena mesa, sino de adaptarlo a la nueva vida y a las nuevas circunstancias.

Barato, alimenticio y digestivo...

La carne de pollo es blanca, suave y con escasa cantidad de grasa, lo que la hace muy digestible y, por tanto, recomendada especialmente en la dieta de niños, adultos delicados y, en general, la de cualquier persona. 

También encaja perfectamente en los regímenes de adelgazamiento por su escaso número de calorías. Las proteínas que proporciona al organismo humano son de gran poder biológico, aunque su cantidad es proporcionalmente inferior a la que aportan las carnes de vacuno y ovino, y superior a la de porcino. 

Cada cien gramos de carne de pollo contiene 12,3 gr. de proteínas; 7,7 gr. de grasas; 7 mg. de calcio; 0,9 mg. de hierro; 250 U.I. (Unidades Internacionales) de vitamina A; 0,06 mg. de tiamina; 0,10 mg. de riboflavina; 4,9 mg. de ácido nicotínico. El valor calórico es bastante bajo: 122 calorías. El capón tiene mayor cantidad de grasa intramuscular, lo cual le hace más sabroso, energético e indigesto.

Comprar bien, comer mejor

Conviene conocer las cualidades que debe reunir el ave en el momento de la compra, para asegurarse la buena calidad: 

En primer lugar, el cuerpo tiene que aparecer rollizo, compacto, con la pechuga ancha y redondeada, que separe bien los muslos. El cartílago central de la pechuga debe resultar flexible a la presión. 

La segunda cosa a observar son los muslos: serán tanto mejores cuanto más cortos, redondeados y gruesos, es decir, muy carnosos. 

Por último hay que tener en cuenta el aspecto de la piel, amarillo o blanco-rosado según las razas. Signo de calidad es la piel suave, tersa, sin manchas ni magulladuras. En resumen: todo el pollo debe dar la sensación de redondez y juventud. 

En pulardas y capones es más pronunciada aún la forma redonda (las pulardas son pollitas de seis a nueve meses que aún no han puesto, cebadas con alimentación especial, y cuyo peso oscila entre los dos y tres kilos; los capones son pollos castrados, cebados igualmente de una forma especial). 

Estas características del ave de buena calidad son aplicables tanto a las frescas como a las refrigeradas o congeladas. Otro punto más a tener en cuenta en el momento de la compra es el peso del pollo, según el fin que se le tenga previsto: para freír lo más indicado es el pollo pequeño, que no sobrepase el kilo; para asar puede llegar hasta los dos kilos, y para guisar, los tres kilos, en las pulardas, y dos kilos y medio, en los pollos.

La difícil técnica

Aunque en las ciudades ya no se compran pollos vivos, en el campo sigue haciéndose con los antiguos ritos. Todo tiene su encanto: criar y engordar el pollo para un día próximo, sacarlo del corral, matarlo, pelarlo... Una ceremonia ritual que se repite con exactitud, eficacia y sin hacer sufrir al animal. Por eso, los no expertos es mejor que aprendan antes de lanzarse a la aventura, que puede resultar desagradable para ellos, ¡y no digamos nada para el pollo! 

La técnica es sencilla: se procura inmovilizar al ave, y con un cuchillo muy afilado se le da un corte rápido junto a la cabeza, dejando que se desangre sobre un recipiente para que la carne quede blanca. Terminada esta operación, se introduce en agua hirviendo durante un minuto, sujetando por las patas y procurando que quede bien cubierto. De este modo las plumas se quitan con toda facilidad. Para terminar, se flamea toda la piel —mejor con alcohol— y se frota con un paño áspero, que la dejará fina y suave.

De pobre pollo a suculento asado

Cuando la receta exija un pollo troceado, se pueden hacer dos cosas: o pedir al comerciante que lo parta o hacerlo en casa. Si se opta por lo segundo, se seguirán los siguientes pasos: 

1) Separar la cabeza de un golpe seco con un cuchillo. 
2) Quitar las patas, cortando por la articulación para no romper el hueso. 
3) Separar los muslos del cuerpo, cortando la piel y llegando con el cuchillo hasta las respectivas articulaciones para descoyuntarlas (cada muslo, a su vez, se puede dividir en dos, siempre por la articulación). 
4) Cortar las alas, del mismo modo que los muslos. 
5) Separar las pechugas con un corte longitudinal que divida la ternilla en dos; con el cuchillo bien afilado se pueden dejár fácilmente sin hueso. 
6) Flamear los trozos que tengan restos de plumas, si no se quiere quitar la piel. 

El caparazón, cabeza, patas y vísceras —que se extraen introduciendo la mano en el buche— sirven para preparar un buen caldo si se hierven con dos puerros, una zanahoria y una patata. En ningún caso se deben partir los huesos de pollo a golpe de cuchillo. De hacerlo así, se astillarán y aparecerán en el guiso esquirlas peligrosas de tragar o, en todo caso, desagradables. 

Por el mismo motivo debe evitarse que los perros (o cualquier otro animal doméstico) los coman. 

La preparación del pollo para asar también tiene su técnica. Como primera medida, hay que eliminar, flameándolo, todos los cañones de las plumas que queden. A continuación, se frota con un paño áspero. 

Para armar el ave, se retira la cabeza y las patas como se ha indicado. La piel del cuello se baja y se corta éste. Se cortan también las puntas de las alas. La piel del cuello se echa hacia atrás —sobre la espalda— y se sujeta con las alas. El extremo del hueso de los muslos se introduce por la piel que hay entre la pechuga y la cola, para evitar que se separen del cuerpo y adquieran mala forma.

El pollo para rellenar se prepara igual, sólo que la piel del cuello y de la parte posterior se cose a fin de que no se salga el relleno. El tiempo de asar es de unos treinta minutos por kilo, incluyendo el peso del relleno, si lo tiene. El asado estará terminado cuando al pinchar en la juntura del muslo y la pechuga el tenedor entre con facilidad y no suelte líquido rosáceo. 

Antes de retirar los hilos es conveniente dejar el ave en reposo unos minutos. A continuación, se trincha —si no se tiene práctica es mejor hacerlo en la cocina— y se coloca en una fuente caliente junto con alguna guarnición, sirviendo la salsa aparte. 

Para trincharlo, se separan primero los muslos, buscando con la punta del cuchillo la articulación para descoyuntarla; y cada uno se divide en dos. Las alas se sacan junto con su correspondiente parte de pechuga —que previamente se corta longitudinalmente—: se busca la articulación con el cuchillo y con un giro rápido se rompe; poco a poco se separa la carne, sin romperla, del esternón y de la parte del cuello. Los filetes finos que quedan se desprenden con el cuchillo. 

Cuando el pollo esté relleno, se trincha en la cocina como se ha indicado; se colocan los trozos en una fuente caliente y, en el centro, se pone el relleno. 

La cocción del pollo se hace en agua fría y contando cuarenta minutos aproximadamente después de romper el hervor. En la olla express el tiempo se reduce a la tercera parte. 

Si se va a utilizar la molleja en el guiso, se prepara antes del siguiente modo: se, abre y se lava bien; se pone en una cacerola con agua fría y, tras el primer hervor, se espuma y deja cocer unos minutos; finalmente se le quita el sebo, nervios y piel y se incorpora al resto de la carne. 

La preparación ha terminado. Una bonita presentación será un magnífico complemento.


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LAS CARNES GALLEGAS


En el capítulo de carnes gallegas, el rey es, sin duda, el cerdo. 

El ganado vacuno existió desde siempre, pero fue considerado o bien un lujo demasiado costoso como para servir a la mesa un día cualquiera o bien un animal imprescindible para llevar a cabo las labores agrícolas. Pero, sin duda, el cerdo era el omnipresente y siempre se dijo que del gorrino se aprovecha todo, desde el hocico al rabo. 

Y en efecto, resulta difícil concebir la supervivencia física del gallego del interior sin el cerdo, convertida la matanza por San Martiño en un rito que pervive en torno al 11 de noviembre y al que acude toda la familia y un buen grupo de vecinos y amigos a ayudar y a disfrutar de la comida. 

El unto del cerdo va para el caldo, los chorizos se comen a lo largo del año, los jamones se curan, de los lacones se da buena cuenta en el invierno, el lomo (“raxo”) se toma frito sin más con un poco de ajo o bien con el añadido del pimentón (“zorza”), la oreja suma legión de admiradores gastronómicos, los chicharrones nadie los deja de lado, las tripas bien lavadas y cocidas les saben a gloria a los habitantes de la zona de Ferrol y cercanías, los callos no sería más que un potaje de garbanzos sin los trozos de cerdo... y así hasta acabar con el animal. 

En realidad, se ha convertido en un ejemplo no sólo de aprovechamiento sino también de variedad a la hora de plantarse ante los fogones, puesto que las preparaciones y las presentaciones son muchas. 

Como anécdota, conste que el mayor geógrafo gallego de todos los tiempos, el ya desaparecido Ramón Otero Pedrayo, compuso un poema dedicado al jamón de Monterroso después de haber visitado esa villa lucense, cuando el calendario marcaba el año 1927, poema que se convirtió en la mejor campaña de promoción del pernil local.

Hay cabrito en toda Galicia, sobre todo en zonas de montaña. Asado, resulta plato muy solicitado en fiestas, y ahí goza de amplia fama el criado en la sierra de Meira, como ya se hace constar en documentos de la Edad Moderna, sin desmerecer el del oriente de Ourense.

En los cuatro puntos cardinales se ofrece también un plato que parece que lleva aquí toda la vida, aunque no es así: el churrasco. Se trata de una importación de los países de Sudamérica que trajeron los emigrantes o sus descendientes directos una vez que decidieron retornar a la tierra madre. Tremendamente popular, las churrasquerías abren sus puertas a un público fiel en todas las esquinas, ofreciendo carne tanto de cerdo como de ternera, siempre acompañados de chorizos criollos, patatas fritas y ensalada. Con el tiempo acabará considerándose gallego de pura cepa, como sucede, por ejemplo, con el maíz, que no se introduce hasta el primer tercio del siglo XVII, cuyo cultivo se extiende con rapidez y que hoy semeja estar en los campos desde el origen de los tiempos.

El corral reclama su lugar en la dieta tradicional de los gallegos, representado sobre todo por los pollos y, en segundo lugar, por los conejos, unos y otros formando parte de guisos. Mención especial para los capones de Vilalba (Lugo), de alta cotización en el mercado y con su multitudinaria feria el día 21 de diciembre. No falta quien piense que ésta es una cita relativamente nueva, pero se equivoca: tal feria existe por lo menos desde el año 1838, aunque cierto es que tendría que esperar hasta 1965 para ser difundida por Galicia entera. De casta la viene al galgo, puesto que se conservan documentos de 1521 que ya se refieren al pago de rentas con capones de Vilalba por ser éstos muy estimados por la nobleza y el clero.

Todos los pueblos fueron cazadores en mayor o menor medida y, por supuesto, Galicia no constituye una excepción sino justo lo contrario: la gran abundancia de piezas a batir, desde osos (que quedan en número simbólico en la alta montaña de Lugo) hasta lobos (que igualmente sobreviven en número de medio millar largo), pasando por jabalíes, corzos y liebres, el noroeste peninsular era un hábitat privilegiado para docenas de especies. 

Esa necesidad milenaria de salir al monte para regresar a casa con comida se ha convertido en una actividad lúdica para miles de gallegos, lo cual, como es lógico, ha tenido y tiene su repercusión en la gastronomía.

La caza está socialmente muy valorada a la hora de sentarse a la mesa. Vuelven a mandar guisos y estofados, potentes, redondos, densos. 

En algunos casos tan aislados como meritorios se han empeñado en recuperar viejas recetas, lo cual ha hecho que esos establecimientos registren “overbooking”. Por citar un ejemplo, el jabalí con chocolate origina auténticas peregrinaciones a la zona de Entrimo, mientras la decimonónica liebre con chocolate prácticamente ha desaparecido de los menús tanto comerciales como familiares.

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COMO ALMACENAR CARNES, LÁCTEOS Y HUEVOS


Los alimentos de origen animal son fuentes excelentes de proteínas de elevada calidad. La grasa que contienen está no sólo en la capa visible de la carne y sobre la piel de las aves de corral, sino también corno un componente secundario del «músculo». También son relativamente ricas en vitaminas y en elementos minerales. 

Los productos lácteos tienen un contenido elevado en calcio, pero bajo en hierro; en cambio, las carnes suelen tener una proporción inversa de estos elementos minerales. 

Los alimentos de origen animal son generalmente los más caros de la cesta de la compra. Sin embargo, el precio por kilo no es necesariamente una medida del valor nutritivo. Las piezas más baratas y las carnes magras de menos categoría pueden tener un valor nutritivo exactamente igual que las piezas de precios superiores. Pero las piezas baratas requieren más habilidad para guisarlas y sazonarlas.

Cómo almacenar las carnes

Todas las carnes se deben refrigerar en seguida. La película transparente con que se envuelven los productos cárnicos en los supermercados está prevista para un almacenamiento de 1 ó 2 días en el refrigerador doméstico. Las carnes que el carnicero corta y envuelve en papel especial se deberían desenvolver antes de refrigerarlas en casa, colocarlas en una fuente y cubrirlas, pero no taparlas herméticamente. 

El pescado debería envolverse o meterse en recipientes cerrados y guardarlo separado de otros alimentos. Las carnes frescas deberían mantenerse en la parte más fría del refrigerador. Si se cubren sólo con una envoltura no demasiado estanca que permita circular el aire para que la superficie se seque ligeramente, se retrasa el crecimiento de los microorganismos de la putrefacción.

El jugo que gotea de las carnes

Para aprovechar mejor el valor nutritivo de una carne, es necesario conservar los jugos que gotean, pues contienen vitaminas del Grupo B. Al guisar o cocer la carne, pasan vitaminas del grupo B al jugo de guiso o al caldo. Esos jugos, salsas y caldos de carne sirven para preparar nutritivas sopas y también como parte del líquido con que se preparan otros guisos. 

Después de asar carne a la parrilla o al horno, se puede separar la grasa que sobrenada en los jugos que quedan en el recipiente y emplear los jugos así desgrasados en salsas o para rociar la carne al servirla. Este procedimiento ayuda a recuperar parte de las vitaminas del grupo B (hidrosolubles) perdidas durante la cocción y a dar sabor y aroma a las carnes. Pero hay que tener en cuenta la gran facilidad con que se desarrollan los microbios en los jugos de descongelar y de guisar las carnes. Es primordial manipularlos cuidadosamente; si existe cualquier problema de higiene, éste debe tener prioridad sobre las consideraciones económicas.

Cómo preparar las carnes 

Las carnes se recortan para quitar grasas, pero esos recortes contienen apreciables cantidades de proteínas y elementos minerales. Nutricionalmente es beneficioso recortar el exceso de grasa, pero se debería tener cuidado en reducir al mínimo las pérdidas de proteínas y de otros nutrientes. 

Las carnes cocinadas a temperaturas bajas o moderadas son más tiernas, jugosas y sabrosas que las que se cocinan a temperaturas elevadas. Las mermas son menores a bajas temperaturas, ya que la carne pierde menos agua por evaporación o porque se desprende en forma de jugos. Esos jugos contienen también diversas proporciones de grasas. 

El asar las carnes a la parrilla o al horno y el freírlas son formas suaves de cocinado que se emplean sobre todo para las piezas o trozos tiernos. El braseado, el asado en cazuela y los estofados a fuego lento que requieren la adición de agua resultan más satisfactorios para las piezas menos tiernas, pero reducen la retención de nutrientes, en especial de las proteínas y de las vitaminas del grupo B. Se sabe poco sobre la retención de nutrientes en las carnes cocinadas en olla a presión, fritas a presión y guisadas en cazuelas de barro. 

Los principios básicos de los efectos tiempo/temperatura sobre la destrucción de nutrientes hacen suponer una baja retención de vitaminas del grupo B y un intenso arrastre de nutrientes hacia los caldos.

El recalentado. 

La carne y los productos cárnicos recalentados que han sido refrigerados o congelados rápidamente tras haberlos cocinado retienen un elevado valor nutritivo. El recalentado debería hacerse siguiendo las mismas directrices que en la preparación original: empleo de temperatura moderada y tiempo limitado para evitar que la carne se «pase».

Productos lácteos y huevos

La mayoría de los productos lácteos y los huevos están mejor cuando se mantienen sólo un tiempo breve en la parte más fría del refrigerador y en recipientes cerrados herméticamente. La leche se debería mantener alejada de la luz intensa para evitar la destrucción de la riboflavina (vitamina B9) y se debería refrigerar en seguida. La mantequilla, la margarina y los huevos se deberían refrigerar en sus envases originales o en recipientes tapados, En especial, los huevos necesitan protección para retrasar la pérdida de humedad y la absorción de olores.

El requesón, los quesos frescos, los quesos de crema y los del tipo Neuchéitel son muy perecederos. Los quesos duros, como el manchego, el parrnesano, los quesos suizos (gruyére, emmenthal) o el cheddar, conservan su calidad si se les protege de la desecación. 

Las superficies cortadas de los quesos se deben cubrir con papel parafinado, con hoja de aluminio o con película de plástico. Los quesos que tienen un olor fuerte se deberían envolver herméticamente para evitar que otros alimentos del refrigerador adquieran su olor. 

Para cocinar los huevos, los quesos y los alimentos que contienen grandes cantidades de ellos (corno los flanes y los suflés) son mejores las temperaturas bajas. Las temperaturas elevadas hacen que sus proteínas se contraigan, que las claras de los huevos se vuelvan correosas, que las yemas se vuelvan harinosas, que los flanes se corten y que el queso se vuelva filamentoso. 

También la leche precisa temperaturas de cocinado bajas, tanto para impedir la coagulación de las proteínas (por lo que se forma nata por encima y se pega una capa en el fondo y en las paredes del recipiente), como para impedir que el azúcar de la leche caramelice (y aparezcan sabores extraños y una coloración pardusca).


LAS VITAMINAS Y MINERALES DE LA CARNE


VITAMINAS

La carne es, en general, muy buena fuente de vitaminas del complejo B, que son esenciales para muchas reacciones metabólicas implicadas en el funcionamiento normal del organismo. 

Las cantidades de las diferentes vitaminas en un trozo de carne dado dependen de la especie (y en cierto grado de la raza), la edad, el grado de engrasamiento, el tipo de alimentación y de la localización del corte en la canal. 

El engrasamiento es un factor muy influyente en los contenidos de vitaminas del grupo B, ya que son solubles en agua y se encuentran principalmente en las partes magras de la carne. Además, contiene muy pocas cantidades de vitaminas liposolubles (A, D, E y K) y de ácido ascórbico. 

Las carnes cocinadas frecuentemente contienen más vitaminas por unidad de peso que las crudas debido a la pérdida de humedad, efecto notable en los casos de la niacina y la B2, pero no con la B1 y la B6 que son termolábiles, pues algo de éstas se destruye durante la cocción. Sobresale el elevado contenido de tiamina de la carne de cerdo, que es aproximadamente de 7 (carnero) a 11 (pavo) veces más alto que los de las otras carnes. Una sola ración de 100 g (3,5 oz) de esta carne cocinada proporciona 57 y 63 % de las cantidades diarias recomendadas para el hombre y la mujer respectivamente.

Las carnes son unas de las pocas y mejores fuentes que existen de vitamina B12, cuyas principales formas utilizables para los humanos provienen de los alimentos de origen animal, donde se han acumulado originadas por la síntesis bacteriana. El contenido de B12 de la carne de res es aproximadamente de 1,2 (ovino) a 8 (pollo) veces más elevado que los de las demás carnes. Una ración de 100 g de esta carne cocinada sobrepasa en un 10 % la cantidad recomendada diariamente para el hombre y la mujer. 

La carne también es una fuente importante de niacina, B2, B6 y, en menor grado, de ácido pantoténico, mientras que es pobre en folato y vitamina E (de ésta sólo puede satisfacer hasta aproximadamente 2 % de la cantidad recomendada) y posee cantidades insignificantes de vitaminas A y C. El hígado, sin embargo, contiene cantidades muy elevadas de ambas vitaminas.

MINERALES

La carne contiene casi todos los minerales necesarios para el organismo. En primer lugar es una excelente fuente de hierro; así, por ejemplo, la de res, más rica en hierro que las demás, aporta aproximadamente 14 y 37 % de las cantidades recomendadas diariamente para la mujer y el hombre respectivamente. 

Ninguna otra categoría de alimentos proporciona una cantidad tan alta de hierro bioutilizable como la carne, pues gran parte de su hierro está presente como hierro hemínico: entre 30 y 70 % de su contenido total, en dependencia de la especie y el tipo de músculo. 

Esta forma de Fe es mejor absorbida (15 — 35 %) que la no-hemínica (2 — 20 %) y menos afectada por los componentes de la dieta que pueden inhibir o aumentar la absorción. Otros autores han reportado un intervalo entre 38 y 87 % para los valores del hierro hemínico respecto al total, analizando las carnes de res, cerdo, cordero, ternera, caballo, avestruz, pollo y pavo. 

Las proteínas de la carne parece que aumentan la absorción de ambos tipos de hierro, lo cual a veces se ha llamado "factor cárnico". El mecanismo exacto de este fenómeno no se conoce, pero hay algunas hipótesis: las proteínas o los péptidos provocan la reducción del hierro de la dieta de la forma férrica a la ferrosa, lo que lleva a una mejor absorción del mismo; o los péptidos forman con el hierro quelatos solubles que son absorbidos dentro de las células intestinales. También se aduce una interacción entre las fracciones magra y grasa de la carne. 

Las proteínas de la carne de res, leche y huevo tienen similares perfiles de aminoácidos, pero no tienen el mismo efecto sobre la absorción de hierro no-hemínico, por lo que se cree que la secuencia de los aminoácidos posiblemente sea crítica para este fenómeno. 

La carne también es una de las mejores fuentes dietéticas de zinc. Se ha estimado que el zinc proveniente de la carne es bioutilizable en un 25 % con un intervalo de 20 a 36 %. La bioutilización del zinc aumenta cuando se consume con proteínas animales y disminuye por efecto de inhibidores como el fitato y el oxalato, que se encuentran en grandes cantidades en muchos vegetales. 

Las carnes de res y carnero casi duplican el contenido de zinc de las de cerdo, pollo y pavo. Una porción de 100 gramos de carne magra de res cocinada proporciona 63 y 87 % de las cantidades recomendadas diariamente para el hombre y la mujer, respectivamente. Además, la carne tiene una importante contribución de otros minerales esenciales como el Cu y el Mn, que son mejor absorbidos cuando provienen de la carne que de alimentos vegetales. 

Es una excelente fuente de Se bioutilizable: proporciona entre 36 % (res) y 91 % (cerdo) de la cantidad recomendada diariamente. El Se se considera uno de los principales antioxidantes para proteger contra las EEC y el cáncer. 

La carne tiene un relativamente bajo contenido de sodio, que es un elemento con un papel fundamental en la regulación de los fluidos corporales y la presión sanguínea y su elevada ingestión ha sido asociada a la hipertensión en varios estudios realizados en diferentes poblaciones (USDA, 1995). Contiene muy poco calcio, mientras que es una excelente fuente de fósforo y tiene unos contenidos de potasio y magnesio comparables con los de los vegetales. 


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