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KOMBUCHA: ¿QUE ES? ¿COMO SE DESARROLLA? ¿COMO HACERLA? ¿PARA QUÉ SIRVE?


Hay una buena posibilidad de que si le muestras tu kombucha a un no iniciado que no es cervecero, se desilusionará instantáneamente por esa cosa que crece en la parte superior. Quiero decir, es asqueroso, ¿verdad? Pero una vez que hayas producido tu primer lote delicioso de kombucha, sentirás un gran amor por tu SCOBY.

Las propiedades y beneficios de la Kombucha son múltiples. Los más conocidos y populares son: Propiedades antioxidantes, hidratantes, antibacterianas, digestivas, reduce el colesterol y refuerza el sistema inmunológico.

Cada vez que leas la palabra “kombucha” puede hacer referencia a dos cosas. Por un lado, está la bebida, el té fermentado y listo para tomar, que en algunos países se puede comprar embotellado en el supermercado. Por otro lado, está el “hongo” o “madre”, que en inglés ha sido bautizado como SCOBY, es decir, cultivo simbiótico de bacterias y levaduras. 

¿Es igual que el kéfir de agua? 

Más o menos. La kombucha es un micromundo simbiótico en el que bacterias y levaduras conviven en equilibrio en una matriz orgánica producida por una bacteria. La mayoría de estos organismos se alimentan de azúcar y generan diversos desechos, como ácido láctico, alcohol y ácido acético. Hasta ahí, el concepto es el mismo. Sin embargo, a diferencia del kéfir de agua, son otros los microorganismos que habitan en ese universo llamado kombucha: lo que cambia radicalmente son los habitantes y el tipo de fermentación que producen. Eso tiene una consecuencia muy importante en el sabor. 

Hay varios grupos de bacterias que trabajan en el SCOBY. Entre ellas están las arquitectas, responsables de la construcción de la casa, y las lácticas, que metabolizan el azúcar en ácido láctico, tal como sucede en el kéfir. Sin embargo, podríamos decir que ambas son bastante perezosas frente al trabajo de las levaduras responsables de transformar el azúcar en alcohol.

La kombucha es una bebida no alcohólica fermentada que se prepara a base de té. Es, precisamente, la fermentación la que permite que el té se transforme en una bebida con una gran cantidad de vitaminas, minerales y ácidos orgánicos esenciales.

¿La kombucha tiene alcohol? 

Poquísimo, porque después de esta fermentación alcohólica aparecen las bacterias “de la ley seca”, o Acetobacter, que van a transformar el alcohol en ácido acético, es decir, vinagre. En conclusión, las fermentaciones más importantes que se producen en la kombucha son la alcohólica y la acética. Lo que sucede es lo siguiente: AZÚCAR > ALCOHOL > VINAGRE 

La bebida que da como resultado esta fermentación múltiple es un té que contiene algo de azúcar, una pizca de alcohol y una cantidad manejable de ácido acético. Una infusión dulce y ácida, un desafío muy interesante para tu paladar. 

En términos organolépticos, el efecto es diferente al del kéfir de agua. La acidez de este último está provocada por el ácido láctico, y eso genera el sabor a “sidra” o “chicha”, tal como ocurre en el tepache. En cambio, la acidez de la kombucha, más punzante y vertical, es efecto del ácido acético, es decir, del vinagre. 

Sobre el té y el azúcar 

Así como la base o sustrato del kéfir de agua es, justamente, agua, la base de la kombucha es el té. Y cuando hablamos de té, no hablamos de cualquier infusión de hierbas –manzanilla, yerba mate o boldo–, sino de alguna de las formas posibles de la Camellia sinensis: verde, negro, blanco, pu-erh o rojo, amarillo, oolong. 

Se puede hacer kombucha de alguna infusión o decocción, pero para comenzar te recomiendo té verde, el sustrato al que mejor suele adaptarse el SCOBY. 

Algo similar sucede con el azúcar: puedss usar cualquier endulzante que contenga sacarosa, como azúcar blanca o integral, miel, etc. Es importante pensar en el perfil de sabor que va a imprimir el endulzante. 

Respecto del efecto químico, si se usa azúcar blanca, por ejemplo, que es un disacárido (la suma de glucosa y fructosa), una parte de este endulzante queda en la kombucha después de la fermentación, pero la mayor parte se separa entre fructosa y glucosa, generando un impacto glucémico más bajo en el cuerpo. 

La otra ventaja es que una de las bacterias presentes en la kombucha transforma la glucosa en ácidos “G” saludables, como los ácidos glucónico y glucurónico. 

CÓMO HACER KOMBUCHA 

Ingredientes 

- 8 saquitos de té o su equivalente en hebras. 
- 3,75 litros de agua. 
- 250 g de azúcar. 
- 250 cm3 de té de kombucha. 
1 SCOBY de kombucha. 
- 1 frasco de boca ancha para 4 litros.
- liencillo 

Procedimiento 

Haz un té con los saquitos o las hebras y 2 litros de agua. 

Deja infusionar unos 10 minutos. Cuela y disuelve el azúcar en el té caliente. Incorpora los 1750 cm3 restantes de agua para poder bajar la temperatura rápidamente. De ser necesario, espera hasta que el agua consiga temperatura ambiente. 

En un frasco grande, coloca el té endulzado, el té de kombucha y el SCOBY. Tapa el frasco con el liencillo y una banda elástica. Deja fermentar entre 7 y 21 días, probando cada día para encontrar el sabor deseado. 

Una vez listo, cuela, embotella y guarda en la heladera. 

Reservá 250 cm3 de kombucha para la próxima fermentación y repite el procedimiento para que tu SCOBY siga vivo y feliz. 

Proporción 

Para 1 litro necesitás 60 cm3 de té de kombucha y 60 gramos de azúcar. 

Segunda fermentación 

Al igual que con el kéfir de agua, puedes generar una segunda fermentación en la que puedes saborizar o resaborizar tu bebida. Las proporciones entre la kombucha y el jugo de frutas, infusión o bebida azucarada varían en función del sabor final. Te recomiendo probar con la siguiente: 50% de kombucha y 50% de jugo de fruta. Deja fermentar 48 horas a temperatura ambiente y ¡cuidado con las burbujas! Si la dejas mucho tiempo, puede explotar. Es ideal si tienes burbujas, pero mejor en una botella de plástico, como las de agua mineral. 

Preguntas frecuentes

¿Se pueden fermentar otros líquidos con la kombucha? 

Sí. Es posible fermentar algunos jugos de frutas y vegetales, jugos envasados, infusiones de hierbas, de flores y de semillas e incluso café. No te recomiendo fermentar leches de origen animal y tampoco lo que conocemos como leches de semillas: soja, almendra, cajú, arroz y coco. Seguramente encuentres recetas de kombucha de hibiscus, cedrón o flores de saúco. Desde mi experiencia, te recomiendo probar estas fermentaciones con una proporción más alta de té de kombucha (500 cm3 cada 4 litros de infusión) y con algún SCOBY sobrante. El SCOBY encuentra comodidad después de dos o tres tandas y luego se vuelve imparable. Si te mueres por tomar una kombucha de algo que no sea té, proponete hacer segundas fermentaciones con menor proporción de kombucha. 

¿Cómo sé que la kombucha está fermentando bien? 

En el lapso de una semana o, como mucho, diez días se empieza a formar en la superficie del té algo que al principio parece moho pero que después se va cerrando para ocupar toda la superficie del frasco: es un nuevo disco, un hijo de tu madre de SCOBY formándose. También vas a notar que debajo de ese nuevo SCOBY, que bloquea el acceso del dióxido de carbono a la superficie, comienzan a acumularse burbujas. Y, como siempre, si hay burbujas, hay fermentación. Por último, pruebala: si no hay acidez, algo no está funcionando. 

¿Cómo sé que la kombucha está lista? 

Para probar, da un sorbo y fijate si te gusta. Si vas a medir el pH, para que tengas referencias, el vinagre industrial blanco destilado tiene alrededor de 2,4. Un té de kombucha preparado adecuadamente puede tener un pH de entre 2,5 y 3,5. Sentido común: cuanto más bajo es el pH, más ácida será la kombucha. Obviamente, lo contrario también es cierto: cuanto mayor es el pH, más dulce será la bebida. Sin embargo, el pH no indica que la kombucha haya finalizado el proceso de fermentación, solo confirma que la bebida está protegida de microorganismos patógenos. El pH debería estar en el rango correcto, alrededor de 3,5 o más bajo dentro de los primeros días de preparación. Para medir esto, tienes las tiritas reactivas. Después, conviene utilizar nuestra herramienta más sensible, el paladar, para decidir cuándo se ha convertido la cantidad adecuada de azúcar en otros compuestos. 

Algo importante: aunque los líquidos con altas concentraciones de ácido acético tienen un pH bajo, esto no impacta directamente en el gusto, que depende también de la cantidad de azúcar residual. No tenemos que confundir el pH con la cantidad de ácido acético en el volumen total de la bebida. Por ejemplo, un vinagre de sidra de manzana casero, con ácido acético al 5 %, tiene un pH de 2,9, mientras que la kombucha que mido mientras escribo esto (ácido acético al 1 %) tiene un pH de 2,7. 

El vinagre es indiscutiblemente más ácido y desagradable al paladar, mientras que la kombucha es seca, agria y deliciosa. Al probar y probar, se puede entrenar el paladar para discernir las sutiles diferencias de sabor y relacionarlas con el valor del pH, especialmente cuando se une al tiempo de preparación. 

¿Cómo explicarlo en palabras? 

Cuando baja el pH de tu bebida, la acidez es más punzante. Cuando la proporción de ácido acético crece, la bebida es más desagradable y avinagrada. De acuerdo con las pautas de cumplimiento internacional, los alimentos fermentados con un pH más bajo de 4,6 son seguros para el consumo sin necesidad de conservantes adicionales. 

¿Qué hago si el resultado me quedó muy dulce? 

Esto habla de una fermentación débil. Tené paciencia y dale tiempo al SCOBY para que se acostumbre a las condiciones que le propones. 

¿Qué hago si el resultado me quedó muy ácido? 

Diluye la kombucha. Agregar agua aumenta instantáneamente el pH a un rango medio y baja el volumen de ácido acético por litro de agua, minimizando en gran medida esa acidez de la kombucha sobrefermentada. El té todavía está lleno de sabor. También puedes sumarla a un licuado de frutas o a una infusión dulce. Otra: usala como vinagre. 

¡Me olvidé de guardar un poco de kombucha para el próximo lote! 

Suma a tu SCOBY de 2 a 4 tazas de té endulzado y dejalo fermentar entre una semana y 10 días. Luego usa el resultado para comenzar una nueva tanda de cuatro litros. 

¡No hay burbujas! 

Si quieres una kombucha bien efervescente, dejala en una botella hermética fuera de la heladera. Si ves que al cabo de varios días no sucede nada, espera unos días más y agitala un poco. Si no hay noticias, inicia un nuevo lote.



TÉRMINOS Y VOCABULARIO PARA HABLAR DE VINOS


Cuando hables de vinos, si quieres hacerlo con un verdadero entendido presta atención a estas palabras. Te ayudarán mucho:

Abierto. 

Vino que muestra sus aromas con claridad. 

Abocado. 

Vino moderadamente dulce que conserva azúcares residuales. 

Acidez. 

Cantidad de ácido libre del vino. La acidez controlada contribuye al equilibrio del vino y aporta frescor y nervio. 

Afrutado. 

Vino cuyos aromas recuerdan a las frutas. 

Agresivo. 

Vino penetrante y poco agradable. 

Aguja. 

Ligera presencia de gas carbónico natural, propia de los vinos jóvenes. 

Ambarino. 

Color oro viejo, ámbar, producido por oxidación en vinos blancos. 

Amplio. 

Vino completo que hace resaltar las características de cada uno de sus componentes. 

Aromático. 

Vino con buenos aromas primarios. 

Aromatizado. 

Vino con aromas artificiales. 

Astringente. 

Sensación secante en la lengua y encías provocada por vinos con un extracto tánico elevado.

Aterciopelado. 

Sensación suave, de textura sedosa en el paladar. 

Buqué. 

Conjunto de aromas terciarios desarrollados durante la crianza de un vino. 

Carnoso. 

Vino con estructura, potente, que llena la boca. 

Cerrado. 

Vino que no muestra sus aromas con claridad. 

Clarificar. 

Eliminar el aspecto turbio del vino. 

Corto. 

Vino con sabores y aromas de baja intensidad y escasamente persistentes. 

Coupage. 

Mezcla de distintos vinos para conseguir el producto deseado. 

Cubierto. 

Oscuro, poco transparente. 

Delicado. 

Vino elegante poco robusto. 

Denso. 

Vino grueso con mucho cuerpo. 

Depósito. 

Sólidos depositados en el fondo de la botella. 

Duro. 

Vino agresivo, generalmente con acidez muy elevada. 

Encabezado. 

Adición de alcohol al mosto para detener la fermentación y aumentar el contenido de alcohol de los vinos. 

Equilibrado. 

Vino armonioso, en el que no se encuentran defectos. 

Especiado. 

Vinos con aromas que nos recuerdan a las especias. 

Espeso. 

Vino de alta densidad. Corresponde a los vinos más comunes. 

Expresivo. 

Vino que muestra sus características con claridad.

Fermentación. 

Proceso que transforma el azúcar en alcohol por la intervención de las levaduras, excepto en la fementación maloláctica donde se modifica el ácido málico en láctico mediante bacterias.

Floral. 

Aroma del vino que nos recuerda a ciertas flores. 

Franco. 

Vino que exhibe claramente su calidad. No hay en él ningún tipo de defectos. 

Fresco. 

Sensación producida en la boca por un vino joven, generalmente por su acidez. 

Generoso. 

Vino de alta graduación alcohólica. 

Graso. 

Vino untuoso, sedoso, con grado alcohólico alto. 

Herbáceo. 

Sabores y aromas que aparecen cuando la uva no ha madurado bastante. También aromas y sabores dejados por la parte leñosa del racimo (los raspones). 

Hollejo. 

Piel de la uva. Contiene la materia colorante. 

Incisivo. 

Vino con exceso de acidez. 

Lagrimas. 

Huellas dejadas por el vino en la pared de la copa. Dependen de la intensidad de alcohol y la glicerina contenida por el vino. 

Levadura. 

Microorganismo con capacidad de fermentar el mosto. 

Lías. 

Restos de levaduras muertas que se decantan con el tiempo en depósitos y barricas. 

Ligero. 

Vino con poco alcohol y estructura. 

Limpio. 

Vino transparente, sin materias en suspensión. 

Macerar. 

Dejar los hollejos en contacto con el mosto para que este obtenga color. 

Meloso. 

Vino suave, agradable, que nos recuerda a la miel.

Noble. 

Vino de calidad. Se aplica al vino criado con especial cuidado, a partir de uvas seleccionadas.

Oxidado. 

Vino alterado por una excesiva aireación. 

Picado. 

Vino que empieza a avinagrarse. 

Pasificación. 

Sobremaduración de un racimo que llega a una desecación parcial con un contenido elevado de azúcar, esta puede ser natural o artificial. 

Rama. 

Vino recién elaborado, sin aclarar. 

Raspón. 

Parte leñosa del racimo. 

Redondo. 

Vino armónico, equilibrado. 

Retrogusto. 

Sensaciones dejadas por un vino nada más tragarlo. 

Seco. 

Vino con poca o nula presencia de azucares. 

Sedoso. 

Calidad de suavidad del vino en la boca. 

Suave. 

Vino sedoso de tacto muy agradable. 

Tánico. 

Vino astringente como consecuencia de la excesiva presencia de taninos. 

Varietal. 

Vino elaborado con un solo tipo de uva. Se admiten los que contienen más del 85 % de la variedad principal. 

Verde.

Vino joven, elaborado con uvas poco maduras. 

Vinos de guarda. 

Vinos que es necesario conservar en la bodega; mejorarán con el tiempo y necesitan unos años para estar en condiciones de consumo. 

Yema. 

El primer mosto que se obtiene del escurrido de la uva.



BEBIDAS HIDRATANTES, REFRESCOS Y GASEOSAS


Utilizados desde la antigüedad, la frontera entre estos dos grupos de bebidas ha sido muchas veces difusa. El agua de regaliz fue ya utilizada como bebida refrescante por los antiguos egipcios, y las diferentes culturas han dejado también su legado en el tipo de zumo o refresco consumido.

Así, por ejemplo, el zumo diluido de chufa fue usado como bebida medicinal por los antiguos árabes e introducido en el Mediterráneo en el siglo VIII. Hoy todos conocemos la horchata. Mucho después, los madrileños del siglo XIX bebían, entre otras cosas, agua de cebada, mientras que al otro lado del Atlántico se gestaba la primera fórmula de la Cocacola (Pemberton, 1886), que auspiciaba ya la era industrial de las bebidas.

En la actualidad, la producción industrial a gran escala, el predominio de las empresas transnacionales y la publicidad han conseguido no sólo que estas bebidas sean una parte importante del líquido ingerido en nuestros días, sino, especialmente los refrescos, un verdadero símbolo de la época.

Consumo de bebidas refrescantes

Los refrescos forman hoy un conjunto de productos numeroso cuyo consumo ha experimentado en el mundo un fuerte crecimiento a lo largo de todo el siglo XX y lo que ya ha pasado del XXI. Por otra parte, desde el concepto original de “bebida no alcohólica fría o atemperada que se toma para calmar la sed”, los refrescos han experimentado notables transformaciones en su composición y presentación, constituyendo hoy un grupo diverso.

En los países desarrollados existe en la actualidad una fuerte tendencia a la utilización de otras bebidas para calmar la sed, en lugar del agua de abastecimiento común. Los países con economías menos privilegiadas, influenciados por el turismo e imitando a los más ricos en la medida de sus posibilidades, han introducido también estas bebidas industriales, si bien muchas veces no están al alcance del uso común. Las estimaciones para el futuro inmediato se aproximan a una cifra de 36.500 millones de litros de refrescos producidos para 2008. Los españoles, en el año 2005, habían consumido 65 litros per cápita de las bebidas del grupo denominado “bebidas refrescantes y gaseosas”, grupo en el cual los refrescos tienen un peso del 88%.

En la evolución del consumo de los españoles, en el período 2000/2005, se observa un incremento de la compra que es sólo muy moderado, del 0,6%. Las bebidas a base de cola están en primer lugar en el consumo español, seguidas por los refrescos de naranja y por los de limón, en segundo y tercer lugar, y por las llamadas tónicas, que ocupan la cuarta posición. Aunque el consumo más elevado sigue dándose en estos “refrescos clásicos”, el mayor crecimiento del consumo se está produciendo en productos menos habituales, como las bebidas sin gas y sin azúcares, en las denominadas bebidas energéticas, y también en las bebidas para deportistas. Así, la reducción o eliminación del contenido de azúcar parece ser una de las tendencias, pero coexistiendo con la gama de refrescos tradicionales azucarados y con las bebidas “energéticas” que también la contienen.

El dulzor ha sido siempre uno de los motivos importantes del gusto por los refrescos, pero la creciente utilización de combinaciones de edulcorantes sintéticos acalóricos, con sabores cada vez más similares a la sacarosa, ha facilitado el crecimiento de la venta de los productos sin azúcar.

Composición general de las bebidas refrescantes

La reglamentación de estas bebidas utiliza el concepto “bebidas refrescantes” y las define como “bebidas preparadas con agua potable y los ingredientes y demás productos autorizados por la reglamentación, adicionadas o no con anhídrido carbónico”. La definición deja una amplia variedad de bebidas que incluyen, además de lo que habitualmente entendemos por refrescos, también productos como las aguas carbonatadas (agua de seltz y soda), las gaseosas y las aguas aromatizadas.

Las aguas carbonatadas están compuestas por agua y anhídrido carbónico (seltz), o incluyendo bicarbonato sódico además del carbónico (soda). Las aguas aromatizadas pueden contener o no anhídrido carbónico, e incluyen además sustancias aromáticas y cloruro sódico hasta un máximo de 1 gr por litro. Si hablamos de las llamadas “gaseosas”, estas bebidas son dulces, pues junto al dióxido de carbono y las sustancias aromáticas incluyen azúcar o edulcorantes sintéticos. 

Pero realmente las bebidas que normalmente llamamos refrescos están incluidas por la normativa en una u otra de las siguientes clases: bebidas refrescantes de extractos, bebidas refrescantes de zumos de frutas y bebidas refrescantes aromatizadas. 

Las “bebidas refrescantes de extractos” son productos en los cuales el dióxido de carbono puede estar o no presente, pero además contienen extractos vegetales y sustancias aromáticas naturales, aparte del azúcar y los aditivos autorizados. Las bebidas de cola corrientes pertenecen a esta categoría. 

En las “bebidas refrescantes de zumos de frutas” el dióxido de carbono es opcional, contienen también azúcar y sustancias aromáticas naturales, pero además tienen una parte de zumo de frutas, en un porcentaje que es de bajo a moderado, y que varía según la fruta, oscilando del 4 al 12%. Los refrescos de limón o naranja de las marcas más habituales se incluyen en esta categoría. Por ejemplo, uno de los refrescos de limón más común en nuestro país contiene un 6% de zumo de limón. Dado la baja proporción de zumo de fruta, es necesario no confundir estos refrescos con los zumos de frutas.

Respecto a las llamadas “bebidas refrescantes aromatizadas”, pueden contener o no dióxido de carbono, e incluyen azúcar o edulcorantes artificiales, sustancias aromáticas, y pueden tener zumo de frutas y derivados lácteos añadidos. Uno de los refrescos más famosos con sabor a té está etiquetado como perteneciente a esta clase de bebidas. Podemos pues comprobar que el mundo de estas bebidas es diverso aunque similar. 

La normativa incluye además otras categorías como las bebidas a base de disgregados de frutas, las refrescantes mixtas obtenidas por la mezcla de bebidas correspondientes a las categorías anteriores, las bebidas para diluir y los productos sólidos o en polvo para la preparación de bebidas refrescantes. 

Azúcar en los refrescos y aporte calórico 

Sacarosa, glucosa y fructosa son los principales azúcares presentes en estas bebidas. La proporción de cada uno de ellos varía según la marca y la clase de refresco. Los refrescos corrientes, “no light”, contienen una cantidad apreciable de azúcar que suele oscilar entre el 10 y el 12 % de azúcar total. Así, la lata de 330 ml contiene el equivalente a tres sobrecitos de azúcar. La presencia de dióxido de carbono y la temperatura de servicio, fría, disminuyen la intensidad de la sensación de dulzor. Por lo tanto, los refrescos comunes azucarados tiene un valor energético que es necesario tener en cuenta. 

Los refrescos de cola de mayor venta en el mercado aportan 42 y 44 kcal por cada 100 ml, respectivamente, y, por lo tanto, el consumo de un bote equivale a unas 142 kcal. Para un consumo discontinuo y moderado en cantidad dicha cifra calórica no tiene por qué ser preocupante, si no hay problemas de sobrepeso, pero también son relativamente comunes los consumidores habituales que, especialmente en verano, ingieren el equivalente a varios botes al día. El recuento es simple, más de 400 kcal proporcionará la excesiva ingestión de tres botes de refresco normal de cola (un litro). 

El agua en la alimentación

 Las cantidades de azúcar en otros tipos de refrescos no “light” son parecidas, por ejemplo, las marcas principales de refrescos de naranja o limón contienen entre 45 y 48 kcal por cada 100 ml. Es interesante aclarar también algunos datos respecto al contenido en azúcar y el aporte calórico de otras bebidas refrescantes. Por ejemplo, las bebidas que se venden con la denominación publicitaria de “energéticas” contienen azúcar y aportan calorías en una medida muy parecida a la de los refrescos anteriores. Esto quiere decir que en un sentido nutricionalmente correcto (el valor calórico) no son más energéticas que un vulgar refresco. A mi juicio, dicha publicidad ha elegido el término “energético” para evitar el uso del vocablo “estimulante”, dado que este último tiene posibles interpretaciones negativas, a pesar de ajustarse mejor a las propiedades de algunos de los componentes de estas bebidas. 

Las “tónicas” son también bebidas refrescantes de amplio consumo. El aporte energético medio de las tónicas oscila entre las 350 y las 400 kcal por litro, parecido a los de los refrescos antes citados. Muchos consumidores creen que la tónica es menos calórica que otros refrescos, pero probablemente esto se deba al sabor amargo producido por la quinina y al hecho de que la bebida es incolora como el agua. 

Hablando de contenido azucarado y de calorías no podemos dejar sin mención a aquellos consumidores que prefieren las bebidas exentas de azúcar y de bajo aporte energético: los llamados refrescos aligerados o más comunmente “light”. En estos productos la reducción calórica es real y además contundente. Las principales colas light en el mercado presentan un aporte calórico medio de 0,20 kcal por cada 100 ml y en las restantes bebidas refrescantes light el contenido energético es de 0,20 a 0,80 kcal por 100 ml. Queda claro pues que el consumidor que ingiere estas bebidas para disminuir la ingestión de calorías obtiene lo que buscaba. La sustitución de los azúcares del refresco normal por edulcorantes sintéticos acalóricos es la causa de esta reducción del aporte de energía. Esta disminución del contenido de azúcar es muy grande pues oscila entre el 85 y el 100% menos que el refresco normal de referencia. 

Como tanto los profesionales sanitarios como los consumidores se interesan también sobre los posibles efectos de estos edulcorantes sintéticos, pronto volveremos sobre ellos.



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